12 de enero de 2016

Acerca del crepúsculo

Quiero recuperar aquí, hoy, octavo aniversario de la muerte de Ángel González, un breve texto que escribí para la lectura homenaje que realizamos en la Librería Cafetería Santa Teresa de Oviedo, el 6 de agosto pasado:


Muchos si no todos los que estamos hoy aquí recordamos de alguna manera a Ángel González. Porque sus poemas son de nuestros favoritos, o porque le conocimos personalmente, o porque tuvimos que estudiar a los del 50 para algún examen de literatura y su nombre estaba destacado junto con otros como Jaime Gil de Biedma o José Agustín Goytisolo. Sea la razón que sea, es probable que todos recordemos alguno de sus versos y tengamos una imagen muy afable de este poeta en la memoria.
Todos sabemos entonces sus datos biográficos y muchos otros detalles en los que no vamos a entrar ahora, porque no somos los indicados para dar lecciones magistrales sobre la vida y obra de este autor, y porque tan solo queremos hacer un pequeño homenaje a su memoria leyendo algunos de sus y nuestros poemas.
Pero sí me gustaría contar mi experiencia personal con el que de primeras se me antojó, por imágenes que había visto, un hombre mayor y extraño y que pronto se volvió el primer poeta que leí con ahínco y el primero que me motivó a escribir mis propios versos.
No conocí personalmente a Ángel González, pero tuve la suerte de ser de la promoción que tuvo que leer La primavera avanza para la PAU. Los versos de este libro fueron los primeros que me hablaron de tú a tú. Su poesía fue la que me descubrió que el lenguaje poético no era necesariamente rimbombante ni pulcro. Sus poemas me enseñaron que la forma no se fuerza, sino que surge. Y que a veces es necesario romper con las formas. Sobre ello escribió, por ejemplo, en Contra-Orden: Esto es un poema. / Mantén sucia la estrofa. / Escupe dentro.
Él también me habló del imperturbable paso del tiempo. Del pasado y el recuerdo, de la guerra y de Franco –tiempos que no viví. Me enseñó a diferenciar entre el futuro alcanzable y el engañoso porvenir –porque no viene nunca. Y también me confesó un gran secreto: hagas lo que hagas el tiempo siempre te alcanza, porque hasta las estatuas caen y se vuelven polvo: El tiempo es más tenaz. / La tierra espera / por vosotras también.
En sus poemas encontré el amor, la adoración a la amada: Eres. Me basta. Pero también la pérdida y la tristeza: Me he quedado sin pulso y sin aliento / separado de ti. Cuando respiro, / el aire se me vuelve en un suspiro / y en polvo el corazón, de desaliento. E incluso encontré al mismo Dios –en la música, como él decía. Me enseñó muchas más lecciones de las que las palabras pueden hablar ahora mismo.
Para mí y para mis compañeros poetas que me acompañan hoy, y probablemente para muchos de los que estamos hoy aquí, Ángel González fue un maestro en todos los sentidos de la palabra.

Y un día la noche llegó a la vida de Ángel González y la tierra reclamó su espera. Pero aún después de su muerte, ha conseguido iluminar el camino de muchos nuevos poetas que comienzan ahora su andadura en las letras. Sus versos, negros, irónicos, amorosos y cercanos, aún despiertan su pasión en nosotros, herederos de su arte. Aunque la luz que era de oro ahora es de plata, él aquí sigue en estas letras, en estos poemas, enseñándonos acerca del crepúsculo.

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