28 de julio de 2015

Selección: "A la naturaleza"

Cada día el sol huye de la tierra
como un extraño pájaro encendido
y su purpúreas alas se ensombrecen
al cruzar el umbrío valle.
         Un soplo
de la nocturna sombra que le sigue
estremece las plumas de las aves
que regresan, y entonces el murmullo
de la latente oscuridad se cierne
como en el tiempo antiguo en que los hombres
su reverente corazón tendían
hacia el pasmo diario.
       Pero pronto
han olvidado el seno en que, mecidos
por una ardiente brisa creadora,
subía hasta sus labios la sedante
leche materna a abrir en sus mejillas
la delicada rosa.
      Más que ciegos
han vuelto sus espaldas al prodigio
familiar de esas ubres que ahora cuelgan
su esplendor solitario, y cuyo zumo
se pierde oscuramente, o algún joven
que vuelve sus miradas añorantes
al viejo resplandor cae enloquecido,
cual si una mano oculta en él vengara
el filia extravío.
    ¡Oh madre antigua,
cuyo mortal regazo aún se engalana
con las festivas fuentes, y a tu cuello
veo trepar los pámpanos sombríos
de las horas!
    Presiento el largo día
que los helados cuerpos de los astros
asistan al agónico reflejo
de las batientes alas que se doblan
por vez postrera, y flotes como un humo
en la inmensidad.
      Es eso lo que siento
cuando vengo a sentarme en tus ribazos
y coloco mi mano sobre el musgo
de tu jovial mirada.

Juan Gil-Albert

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