19 de julio de 2015

Pinceladas (IV): Resolución

lunes,  13 de julio de 2015 – Alma fantasma
La mañana se presenta de trabajo en la programación para las oposiciones, al igual que el domingo. Trabajar por un futuro incierto. Después de todo lo hecho, aprobar y poder presentar la programación no sería tan grave, a pesar de todo lo que me queda por hacer.
Con estos pensamientos camino hacia el instituto en el que cuelgan las notas. Mientras me acerco contemplo la ciudad y pienso que suspender podría ser un alivio, una liberación, puede ser tener por fin todo mi tiempo para mis tareas y del verano. También pienso que debería aprobar, aunque solo sea por todo el tiempo invertido.
Al llegar a la puerta las notas no están puestas y no hay nadie en derredor. Todo sigue igual que unos días antes, la última vez que me acerqué para ver los últimos llamamientos, para poder calcular cuándo colgarían las notas. Mis cálculos habían fallado y allí no había nadie ni nada. Parecía una ciudad abandonada, con los papeles aún pegados en la puerta perdiendo color, esperando a que los fantasmas la habitaran.
Y mi alma se sentía también así. De ambas posibilidades había salido una tercera imprevisible: el no saber. Todavía un día más de espera. Veinticuatro horas de retraso en el suplicio.
Mi alma es fantasma, se deja arrastrar, regresa a casa, se sienta ante el ordenador y vuelve al trabajo.

martes,  14 de julio de 2015 – Resolución
Camino entre los muertos que me acogen / como si fuera ya uno de ellos, dice Martín López-Vega en un poema. Yo avanzo al encuentro de las notas de las oposiciones y veo que allí están esperando algunos compañeros de andanzas.
Los nervios se acumulan según va llegando gente. No acaban de sacar los papeles a la puerta. Se oyen muchos comentarios. Recojo mis emociones, reformulo y reafirmo mi teoría: aprobar o no, no importa; la experiencia está ganada, y es un proceso que no quieres repetir, quizá siquiera continuar. Observo a los demás, veo cómo han depositado todo su futuro en una hoja de papel que unos necios poco apasionados han de redactar y ya llegan tarde. Camino entre los opositores que me acogen, ahora sé bien que no soy uno de ellos.
La multitud se agolpa según ven salir a los miembros de los tribunales con los folios cargados de porvenires. La gente exclama, hacen llamadas a sus familiares y amigos, hacen llamadas un poco menos amistosas a ciertos miembros de la cúpula celestial, cuentan y calculan el ratio de suspensos, comentan entre ellos. Dejo que el caos amaine y miro mis notas. El resultado es conocido: mando un par de whatsapps y twitteo.
La libertad me llena. Acuerdo un café para la tarde. Leo Ángel González. Organizo al fin todos los proyectos del verano y el futuro. El verdadero futuro que planeo más allá de los procesos burocráticos.

miércoles,  15 de julio de 2015 – Productividad
La mañana la dedico a mi productividad: recuperar la lectoescritura, aprender japonés, organizar mis libros y reencuadernar los que quiero conservar. Escribo una carta a mano (me anoto por enésima vez que he de mejorar mi caligrafía), parte del plan para la comida de mañana. La transcribo al ordenador por si acaso. Todo se siente más liviano, más sencillo. Pienso y decido que el diario debería ser un poco más apersonal. No lo consigo llevar a cabo.
Por la tarde visito de nuevo la semana negra para escuchar a Luis Alberto de Cuenca entre otros. Nos encontramos con Nacho González y empezamos una conversación que no queremos que acabe nunca y que llega a durar casi una hora. Hace un comentario que apenas llega a desarrollar: hay que reclamar los espacios formalistas para los jóvenes.
Sin duda, lo formal se ha rendido demasiado a lo académico e intelectual. El vocablo juventud está indudablemente ligado a la inexperiencia. Parece que una de las principales connotaciones de ser joven sea ser poco capaz. Y parece que los jóvenes solo ocupan espacios formales cuando contribuyen a la conversación intelectual, cuando son educados, en todos los sentidos.
Sin embargo, surgen cada día nuevos medios alternativos para que los jóvenes se expresen de manera libre, sin formalismos, cometiendo fallos y aprendiendo de una manera más orgánica. Los espacios informales, los bares (chigres aquí), los vídeos de YouTube, los centros sociales, son lugares para los jóvenes aprendidos.
Es tiempo, creo yo, de que los jóvenes aprendidos conquisten las formas y los espacios de los educados. Porque es mejor hacer que padecer.


jueves,  16 de julio de 2015 – Vuestra voz de vida
La poesía, la narrativa, el arte que empecé a cultivar a través de maremágnum, la revista que ideé hace ya más de un año, ha juntado a algunos de mis amigos y conocidos más de lo que hubiera esperado. Hoy se separan algunos de nuestros caminos y por eso nos juntamos  aún más.
Comemos y entrego una carta y un libro al que se marcha ya hasta el invierno, el más joven del grupo. En la carta le digo que es un niño, que todavía tiene mucho que aprender. Le digo que lea a Ángel González, al que le debo mi entrada en la poesía, y a Jaime Gil de Biedma, al que le debo mi renovada pasión por ella. Le digo todo lo que no suelo decir y me gusta lo que digo. Y recuerdo a todos los demás que tenemos que escribirnos cartas, aunque sea por correo electrónico. Y me acuerdo irremediablemente de Rilke y sus pocas páginas de sabiduría condensada. Y quiero eso para este grupo.
Pero me inunda el desánimo y el temor al futuro. Te llaman porvenir porque no vienes nunca, y sin embargo nos tientas con visiones de posibles futuribles. No puedo evitar el pensar que las cosas cambian. E inevitablemente el peso del tiempo se carga sobre mis hombros.
Y entonces recitáis. Sacáis de vuestro haber algunos versos y yo os acompaño. Y firmamos algunos libros para aquellos que marchan. Y surgen líneas de otros que en un pasado también fueron amigos. Y se oye a Gil de Biedma y a Alberti y a Salinas.
Una idea nace: recitar en canon un mismo poema. Más allá de lo horrible que puede sonar desde fuera, la idea es muy interesante. Al escucharnos a los cuatro juntos a unos versos de distancia viene a mí la metáfora: esto es el futuro. Y me calmo.
Mañana habrá kilómetros entre algunos de nosotros, pero cada uno a nuestro ritmo nos encontraremos con el arte y continuaremos escribiendo versos y líneas, al igual que hacíamos hasta ahora.

viernes,  17 de julio de 2015 – Encuadernación
Me he (y me han) comprado algunos libros de segunda mano bastante interesantes durante esta Semana Negra. Continúo con mis proyectos, esta vez con el de reencuadernación.
Echaba de menos el trabajo manual, cortar y pegar. Se desarrolla una inteligencia, una forma de pensar, completamente diferente. Por un momento se unen muchas artes y artesanías en mi habitación: la poesía del libro, la música que acompaña desde mi ordenador, las artes gráficas de la portada del libro que quiero conservar, y la artesanía y manualidades necesarias para encuadernar.
En el vídeo de Ken Robinson que compartí la semana pasada en este diario, este sabio decía que cuando estás con un proyecto que te apasiona el tiempo pasa rápidamente y varias horas duran unos minutos, y lo contrario ocurre cuando la actividad no te entusiasma, cinco minutos duran varias horas.

         











Cuánto contraste entre la semana pasada y esta. Cuánta libertad y ligereza. Mi futuro no se encuentra entre burócratas desapasionados, sin duda. Quizá si se halle entre los libros. Pero ese porvenir inalcanzable aún oscurece el mañana. Disfruto de las horas que duran minutos y me recuerdo un dicho inglés: good things come to those who wait (buenas cosas les pasan a aquellos que esperan). Y la espera con estas actividades será corta.

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