3 de diciembre de 2013

Sobre la Literatura


Acabo de tener una de las clases más emocionantes de mi vida. Hoy he llegado a entender muchas cosas sobre mí mismo y sobre la cultura que me rodea. Hoy tengo más claro que nunca lo que quiero hacer con mi vida.

Ha sido una de las últimas clases que voy a tener en la Universidad de Oviedo en mi carrera de Magisterio. Didáctica de la Literatura con el profesor Julián Pascual Díez. Hemos hablado de la poesía en el aula. Entre muchas otras cosas, ha defendido lo que yo siempre defendía con la boca pequeña: que la poesía no es un arte elitista y que tiene que estar más presente en el aula y en la vida. Entre todas las reflexiones y experiencias que hemos tenido en esas a penas dos horas, me quedo y reflejo aquí el texto con el que se despidió.


En 2004, Gonzalo Moure Tenor (escritor y gran didacta), en las I Jornadas de Animación a la Lectura organizadas por la Fundación Germán Sánchez Ruipérez, exponía un texto sobre la literatura y la emoción, muy digno de ser leído entero. Julián, nuetro profesor, nos leyó la última parte, que contiene, sin duda, una reflexión profunda y emotiva sobre qué significa la literatura, y en concreto la poesía. Una reflexión que comparto con vosotros:

Hace un año charlaba con un grupo de chicos de unos diez años. Hablábamos de poesía, y ellos mismos me pidieron ayuda para tener alguna experiencia como poetas.  
Les propuse un tema. La tarde anterior me había despedido de alguien a quien creía que no iba a ver nunca más, lo que tenía desgarrado mi corazón. Se lo dije a los chicos, sin ocultar mis sentimientos, mi dolor. Les conté que la cita había sido en un faro, no lejos de allí. Les describí el faro, sus colores vivos, el inmenso ojo de luz que taladraba la tarde, la campana obsoleta que decenios atrás avisaba a los barcos en la niebla, el anochecer tenebroso entre nubarrones negros desgarrados por la tormenta, la furia de las olas contra el acantilado...  
A la semana siguiente volví para que todos leyéramos nuestros trabajos, y yo mismo llevaba en el bolsillo mi propio poema de amor desgarrado. Los chicos fueron leyendo sus trabajos, cargados de sentimiento y emoción, pero a menudo lastrados por la impericia, el abuso de la rima... Uno de ellos, Miguel, guardaba silencio, cabizbajo. Le pregunté. Apenas levantó la vista para decir que sólo había escrito dos versos. Condescendiente como solemos ser los adultos con ellos, le dije que no importaba, que quería oír sus dos versos.  
Entonces Miguel se levantó, y leyó este poema libre, de métrica inexistente:  
“Una campana que no suena, 
toca el silencio.”   

Con un nudo en la garganta, arrugué mi poema dentro del bolsillo.  
Aún sigo asimilado la lección, porque Miguel me había enseñado, a los diez años, qué es la poesía, qué es la literatura: la capacidad de emocionarnos, de decir sin decir, o de decir mucho diciendo apenas nada. En sus versos no había faro, no había hombre, no había mujer, no había acantilado, ni tormenta, ni noche: pero estaba lo esencial: mi corazón campana, mi soledad silencio.  
Emoción. Gracias, Miguel.

Emoción. Gracias, Julián.

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