22 de junio de 2016

Selección: "Cualquiera canta un cantar..."

Hasta que el pueblo las canta,
las coplas coplas no son,
y cuando las canta el pueblo,
ya nadie sabe el autor.

Tal es la gloria, Guillén,
de los que escriben cantares:
oír decir a la gente
que no los ha escrito nadie.

Procura tú que tus coplas
vayan al pueblo a parar,
aunque dejen de ser tuyas
para ser de los demás.

Que al fundir el corazón
en el alma popular,
lo que se pierde de nombre
se gana de eternidad.

Manuel Machado

20 de junio de 2016

Pinceladas (VII): Revolver

lunes,  13 de junio de 2016 – Debates
La desidia se ha apoderado de mi Cuerpo. Mi Mente es capaz de reconocer la dejadez y me anima a salir de la cama, apagar el ordenador y ponerme a hacer “actividades productivas” –como terminar este maldito TFM que se me atraganta cada vez que tengo que sentarme ante los libros y el texto por corregir. Parece que mi Mente tiene ya fuerza para empujarme a la productividad, pero cualquier tropiezo, por mínimo que sea, se siente una caída aún más fuerte a una profundidad aún mayor.
Lo más emocionante del día es ver los capítulos finales de Neon Genesis Evangelion (cuyo análisis e incentivo al visionado saco del genial vídeo de Ovejas Eléctricas) y el debate electoral que se acaba tornando encorsetado y descafeinado, con un Pedro Sánchez insípido, un Rivera meando fuera del tiesto, un Pablo Iglesias  correcto pero poco motivador y un Rajoy que no tuvo que esforzarse mucho para defender propuestas “necesarias” pero injustas, a pesar de tener a los otros tres líderes en contra.
Mi reflexión final de la noche no ha cambiado desde los resultados de las elecciones de diciembre: el PSOE se hunde y parece que sin remedio; pero lo que vaticiné como posible beneficio para Podemos puede acabar siendo escaños para Ciudadanos.

martes,  14 de junio de 2016 – Motivos
No puedo concentrarme en mi Trabajo. Parece que lo único que me motiva ahora es la Escolanía y don Alfredo. Ni mi poesía –llevo sin mirarla desde hace un mes, a pesar de la revisión del domingo con Mario Vega, que me ha metido el gusanillo de nuevo en el Cuerpo–, ni mis estudios de futuro –que llevan macerando en el olvido y la procrastinación quince días. La Música, Poesía en compás, es lo único que me salva. Eso y todos los proyectos que se están gestando alrededor de la figura de don Alfredo, un hombre que necesita ser reivindicado en todas las ocasiones posibles, por lo que significó para los que le conocimos y para la Historia en general.


miércoles,  15 de junio de 2016 – De Presión
Hoy es el día. Ayer a la noche llegó un correo de mis tutoras del TFM pidiendo el trabajo terminado y reclamando más participación de mi parte. Por fin después de medio mes abro de nuevo el documento a medio corregir y reviso las primeras páginas de mi Proyecto fin de Máster, el último paso para titularme como Maestro Bilingüe, a pesar de mi ateísmo en este asunto.
Mi Vista se cansa pronto y vuelvo a la desidia. Veo el penúltimo episodio de Person of Interest, una serie olvidada por la crítica pero digna de mucha loa. Después de comer me tiro en la cama y abro YouTube en mi móvil: aun sin vídeos que ver, navego por las recomendaciones y descubro Merlí, una serie catalana exquisita sobre un profesor de filosofía y sus alumnos de bachillerato. Otra coming-of-age (historia de descubrimiento adolescente y maduración) con otro protagonista homosexual armarizado enamorado de su mejor amigo, pero con un montón de detalles y giros que la diferencian del resto y que están muy bien integrados en el conjunto.
Me veo la primera temporada entera de un tirón. Mi Mente alaba la serie y se asombra ante su genialidad; mi Cuerpo se siente desganado y vencido por la inactividad. Me siento –literalmente, parece que estoy hundiéndome– en el Lodo. Por suerte salgo de la cama y de mi casa para tomar algo con Ana, a la que agradezco haberme arrastrado fuera de este tren destinado al Barranco.
Los pocos soplos de aire fresco que me traen las conversaciones sobre nuestras vidas y las de los allegados desaparecen cuando vuelvo a casa, capítulo de Merlí a medias de acabar, el antepenúltimo, en medio de la tensión argumental. Me vuelvo a sentar delante del ordenador, acabo la temporada, ceno lo poco que como últimamente, me tiro en la cama y, como dicen los ingleses, I cry myself to sleep. Una mezcolanza extraña de sentimientos me desborda: estoy feliz de estar vivo, agradecido por toda la gente que me quiere y me ayuda y, sin embargo, una tristeza inmensa me vacía por dentro: mis días pasan automáticamente y por inercia, no produzco nada que me motive, parece que no queda nada que me levante el ánimo. Si esto se llama depresión, que acabe pronto; si se llama de otra manera, también.
Sea lo que fuere, espero que llorar me limpie un poco y pueda volver a lo que era antes: escribir algún Verso, salir de casa de vez en cuando y disfrutar del Conocimiento y el Arte, y de las Maravillas del mundo.


jueves,  16 de junio de 2016 – Pertenecer
Me he despertado. El vacío sigue ahí pero no molesta tanto. La inevitabilidad del TFM me obliga a terminar de bocetar los últimos puntos, a sabiendas que la semana que viene ha de ser de plena dedicación si quiero terminarlo en tiempo y forma.
Me siento aliviado cuando lo acabo por la tarde y se lo envío a mis tutoras. Aliviado a pesar de que las líneas escritas son pocas y mediocres; pero está terminado el primer borrador, ese que debería haber tenido hace un mes. Confío en que las labores que faltan de completar y maquillar sean más ligeras.
Visito en calidad de transcriptor el archivo musical del Seminario de Oviedo en busca de las partituras de don Alfredo acompañado por otro par de miembros del Ochote y con la venia de Sergio, llave que nos ha dado el acceso al archivo y a los proyectos futuros alrededor de la figura de don Alfredo. La ilusión me embarga, a pesar de encontrar relativamente poco contenido entre todas las partituras del Seminario. Participar de una labor tan grande para honrar la memoria de una persona tan grande me hace sentir pequeño pero pertenecedor. El vacío de mi Cuerpo es nimio ante tal Magnitud; no importa.
Al llegar la noche me comprendo. Si he de vivir así, con este pequeño dolor, sea pues. Participar me salvará. Pertenecer me hará grande y al vacío, pequeño. Ante la enormidad del mundo, nada tan fútil puede derribarme.



viernes,  17 de junio de 2016 – Concierto
Todo parece que funciona. El concierto de esta tarde es lo importante ahora. Un concierto relajado y, por las grabaciones, mucho mejor de lo esperado. La Escolanía sigue mejorando con el tiempo y el esfuerzo, tanto el grupo humano como el grupo de cantantes pseudoprofesionales. Pertenecer a la Escolanía es uno de los grandes hitos de mi vida; uno que sé durará por siempre.



sábado,  18 de junio de 2016 – Excursión
Las excursiones son también una forma genial de limpiar el alma. De vez en cuando hay que salir –regresar– a la Naturaleza y a la Sociedad. Mi Cuerpo sigue queriendo aislarse, enterrarse en la lectura de La Regenta –que me ha ido ganando  página a página– pero es inevitable relacionarse con el Entorno y con mis Compañeros de viaje, y lo agradezco.
En el bus de vuelta decido construir un personaje: otro Yo –depresivo, cargado del vacío que me atormenta, que llora por las noches ante la insignificancia de la vida, que va a las excursiones a ver jardines de veinte hectáreas con plantas de multitud de lugares del mundo valoradas en miles de euros y no siente nada. Otro Yo sobre el que depositar mis dudas y mis penas. Otro Yo Patético Escritor.
Lo creo para sobrevivir y como ejercicio poético. Y porque si me salva a mí, puede que salve a otros también.

Contemplo este Jardín de mil delicias,
de cien mil variedades de plantas y comprendo
toda su Maravilla
pero no soy capaz de emocionarme—
no siento más que aire sin olores,
es todo fútil—Todo
incomprensiblemente inane.

La Muerte—la Vedad— me mira y me sonríe
y dice tiernamente:
a veces la Belleza
se escapa entre los dedos como el agua.

2 de febrero de 2016

Una realidad con mucha esperanza



Mike LightwoodEl fuego en el que ardo – Plataforma Editorial, Barcelona, 2016
  
From the air I breath
to the love I need,
only thing I know
you're the origin of love.
The Origin of Love, MIKA

No es fácil vivir la adolescencia, menos para los jóvenes que no encajan dentro de las -cada vez más oxidadas- etiquetas normativas. Óscar, el protagonista de esta novela es uno de estos jóvenes. Pero más allá de que el protagonista sea gay o que sufra acoso escolar o que viva con una familia en la que se sufre violencia por parte de un padre maltratador y alcohólico, la primera novela de Mike Lightwood nos cuenta una historia sobre el amor, el amor que salva, el amor que enseña, el amor que ayuda. Y sobre todos los temas anteriores, lo que entrega esta novela en una dosis de realidad necesaria.

ESTA RESEÑA CONTIENE SPOILERS, SI NO QUIERES ARRIESGARTE NO SIGAS LEYENDO. 

Cuando Óscar confiesa a su mejor amigo Darío que le ama, su reacción es la peor que se podía haber imaginado. No solo Darío le rechaza de la manera más desagradable conocida –"Me das asco", qué buen amigo...– sino que a la mañana siguiente todo el instituto lo sabe y Óscar tiene que enfrentarse a la peor de sus pesadillas, un curso escolar en el que todos sus compañeros le desprecian y algunos de ellos le maltratan. Además, su familia se está desintegrando poco a poco. Su hermana se ha marchado a estudiar, trabajar y vivir a la ciudad, huyendo de su padre que pierde el control cada vez que bebe –y siempre tiene una cerveza en la mano.
Ante estos entornos de violencia constante, Óscar no ha encontrado mejor forma que retrotraerse a su propio universo de música, libros y dibujo, y a sus cuchillas. No ha intentado suicidarse todavía, pero ya tiene suficientes cicatrices en el cuerpo que evidencian que ha vivido demasiado en muy poco tiempo y que, si todo sigue igual, es probable que no llegue a cumplir los diecisiete.

Mike Lightwood nos muestra la realidad que sufren la gran mayoría de jóvenes que no se atienen a la norma a través de un caso ideal, un chico que sufre las peores violencias tanto en clase como en casa pero que, con ayuda, es capaz de salir de ellas. Es un libro cargado de cruda realidad, pero también de esperanza. El fuego en el que ardo es una historia dura, más aún porque eres capaz de empatizar con el protagonista y compartir los sentimientos de Óscar sin tener por qué haber pasado por las mismas cosas. Y en este sentido cumple muy bien con su objetivo principal –que Mike explica en la nota preliminar–, concienciar a la sociedad e intentar dar ayuda a otros jóvenes que se encuentran en la situación del protagonista.
Unos personajes a veces demasiado perfectos, unas tramas muy bien entrelazadas, una historia dura y unos sentimientos muy bien descritos son los principales puntos fuertes de este libro. Sin embargo, hay un par de fallos que querría también dejar por escrito.
Sobre todo a nivel de trama, parece que todo tiene que acabar con final feliz. Si Óscar fuera una persona real, sería alguien con muchísima suerte: un amigo comprensivo y plenamente dispuesto a luchar por él sin rendirse nunca, un chico gay que le enseña a amarse a sí mismo –con enamoramiento de por medio–, una hermana que se aleja del entorno tóxico de su casa y le ofrece irse a vivir con ella, una profesora que le entiende, se moja y le da todo su apoyo, incluso una madre que acaba saliendo del ciclo de maltrato al que la somete su marido. Quizá con todos estos personajes tan perfectos y estas tramas tan felices, Mike Lightwood está tratando de mostrarnos las posibles salidas de un joven ante esta terrible situación de violencia. Y es un intento maravilloso y necesario, pero que al conjunto de la novela le da un final tremendamente de cuento de hadas, lo cual no es del todo incorrecto, porque se necesitan más historias cargadas de esperanza como esta.
Los demás detalles son mínimos. De la misma forma que la descripción de sentimientos es increíblemente real –muy muy emocionante la manera en la que Óscar le explica a Sergio la necesidad de cortarse, para que el dolor le haga sentir vivo, le devuelva a la realidad, le corte la carcasa anti bullying que se pone en clase–, hay ciertos momentos en los que el léxico de algunas expresiones me sacaron por completo de la narración –un par de casos contados solo. Pero la edición y la maquetación son perfectas y realmente sirven para meterte en la historia, y el juego con los diferentes estilos –blog, Twitter, WhatsApp– le dan un regusto moderno e interesante. Me hubiera gustado contar con un índice, solo para poder tener una visión completa de todos los capítulos y partes de un solo vistazo. Y las canciones, que son todas muy gays y sirven para meterte también en la cabeza de Óscar y en el tema del capítulo, para mí son demasiadas y en ocasiones extremadamente simbólicas, todo esto desde la opinión personal.

Todos son detalles mínimos que no impiden llorar de tristeza y felicidad en muchas partes del libro, encontrarte sufriendo por Óscar y los demás personajes en momentos clave, y sentir verdaderamente el amor que profesan los distintos personajes por nuestro protagonista. La amistad de Fer por su amigo que le salva en tantos momentos, el cariño de su hermana María y de su profesora Ana que son la llave para salir de los dos entornos de violencia en que se encuentra, y el amor de Sergio que le descubre la forma de amarse a sí mismo sin forzarle ni aprovecharse de él. Por supuesto, para salir de esta situación de automutilación y depresión, Óscar necesitará apoyo psicológico, pero todo el amor que recibe de sus cercanos es lo que le salva en un primer momento.
Y ese es el mensaje principal de El fuego en el que ardo –quizá demasiado iluso para la actualidad que vivimos–: el amor salva, el amor es la respuesta.
La sociedad en que vivimos debería buscar las formas de educar en el amor para amarse a uno mismo y amar a otros. La novela de Mike Lightwood contiene unas cuantas lecciones que deberíamos tener en cuenta si queremos luchar verdaderamente contra la violencia que inunda nuestros colegios y nuestras familias.

14 de enero de 2016

La educación bilingüe no funciona



Ha habido, desde hace un tiempo, cierto movimiento en las redes y los periódicos alrededor del tema de la educación bilingüe en nuestro Estado español. Quiero hablar yo también sobre ello, porque hasta hoy no he leído –por ninguna de las dos partes– un texto con el que me identifique plenamente.
Porque la realidad es la que está en el aula. Una realidad que tristemente solo los profesores –y algunos padres, a veces demasiado avispados– podemos entender. Una realidad que me dice a mí, como maestro, que el sistema bilingüe no funciona. No he dicho que sea un fracaso; no he dicho que sea un éxito. He dicho que no funciona.
Soy maestro recién salido de la Universidad. De hecho, el primero de la promoción Bolonia de Oviedo. Interino desde las oposiciones del año pasado para entrar a trabajar como maestro de Lengua Inglesa en el colegio público que más me quiera. Y estoy acabando un Máster en Enseñanza Integrada de Lengua Inglesa y Contenidos (uno de los pocos que hay en España, dicho sea de paso, en la Universidad de Oviedo).
En mis diversos periodos de prácticas he podido contemplar la situación bilingüe de varios colegios públicos de Oviedo para llegar a la conclusión que ya he expuesto. No puedo decir que el sistema bilingüe sea un fracaso, porque, de una u otra manera, los niños que han pasado por él han conseguido un nivel medio de conocimientos que les han permitido avanzar a niveles superiores del sistema educativo. Tampoco puedo decir que sea un éxito, porque, si no fuera por el esfuerzo de los maestros, la educación bilingüe habría nacido muerta.
El sistema bilingüe en Asturias se impuso en la educación pública hace una década de manera apresurada, como en el resto de España, y apenas se dio tiempo de reflexión o de preparación para los maestros y profesores –las editoriales, en cambio, se encontraron de pronto con un filón de dinero al tener que producir nuevos libros.
Desde entonces hasta ahora, pocos estudios, tanto a nivel nacional como internacional, han conseguido demostrar de forma veraz que la educación bilingüe funciona de algún modo. Contienen todos ellos, errores de base que son difícilmente subsanables.
El principal error de estos estudios es que no se puede saber si la mejora en el nivel de inglés se consigue por la calidad del sistema o simplemente porque los niños están expuestos a más horas de enseñanza en lengua inglesa. En cambio, parece que los contenidos que se enseñan sí se ven perjudicados, encontrando incluso problemas de expresión: niños que no saben explicar conceptos e ideas básicas de la ciencia si no las dicen en inglés. Si aprender inglés con este sistema pone en detrimento el aprendizaje de otras áreas, entonces la mejor solución es volver a separar el bilingüe y ampliar las horas de esta segunda lengua. De esta forma podremos, los maestros, seguir enseñando el contenido que “necesitan” aprender los niños y estos conseguir el nivel oportuno de capacidad lingüística. Pero, por supuesto, no hay horas en el horario para ello.
Ante este sistema impuesto, los profesores han hecho lo que llevan haciendo desde el primer cambio absurdo de ley educativa: capear el temporal. Han llegado a la conclusión de que todo sistema es provisional y que es mejor enseñar siempre igual, pero adaptándose a los cambios de nombre y estilo. Ahora es enseñar en inglés –dicho sea de paso, una muy mala interpretación de la enseñanza bilingüe, por alguna extraña razón nos olvidamos siempre del contenido a favor de la lengua–, mañana será utilizar apps online, hace no mucho –todavía estamos en ello–, la ley Wert.
Los maestros han sido los que han salvado el sistema educativo español y, en el caso que nos ocupa ahora, la educación bilingüe. Su constante esfuerzo –o, en ocasiones, vagancia, que también ha ayudado– ha traído cierta estabilidad a los contenidos enseñados a lo largo del tiempo y de los cambios que ha sufrido la educación en nuestro país. Constancia que ha dado resultados mediocres en el aprendizaje de nuestros niños, pero resultados útiles.
Uno querría que la educación –bilingüe o no– fuera un auténtico éxito. Sobre todo porque no tenemos más recursos de los que pueda depender nuestro Estado más que el conocimiento. Pero es un proceso delicado y difícil.
La educación bilingüe se gana cada día más detractores y esto puede –o no– ser bueno. Se necesita un debate a nivel nacional sobre la educación. Un debate serio y consciente sobre los problemas que existen en el actual sistema educativo. Porque, si se me permite la analogía, uno puede conducir con un coche cuando está nuevo, pero conforme envejece se hace más y más difícil (a veces, lo que cambian son las carreteras o el clima y, aunque esté relativamente nuevo, no funciona bien). De nada vale repintarlo de azul o rojo, cambiarle la tapicería por cuero inglés, o incluir nuevas tecnologías que permitan aparcar más fácilmente. El problema está en el motor, en las ruedas, en la maquinaria, y mucho me temo que necesitamos algo más que un solo mecánico para arreglarlo.

Lorenzo Roal
Maestro sin trabajo

P.S.: Antes de despedirme, me gustaría hacer un comentario sobre los artículos de opinión y columnas recogidos al principio de este texto. Compañeros periodistas, columnistas y personas que expresan su opinión en general: modérense. Ya tenemos demasiados conflictos, ya nos radicalizamos lo suficiente entre nosotros. Tratemos de encontrar un punto intermedio, un lugar de encuentro, que seguro que lo hay. Y lo necesitamos.